Un paseo por mis viajes.

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La verdad es que no sé si los podré repetir y aunque los repita, supongo que no serán igual que como los recuerdo. Lo cierto es que los disfruté todo lo que pude y más. Por todo lo que representan para mí y porque siempre serán parte de una colección de recuerdos acumulados en un largo recorrido, que pretendo seguir alargando hasta completar todos los rincones del planeta o hasta que la luz se me apague.

Una manera de intentar explicar de alguna forma cómo, de lo que simplemente eran unas vacaciones, empieza a surgir en mí  lo que me trae hasta aquí y lo que me gustaría convertir en una forma de vida.

Se podría decir que todo empieza con esas primeras vacaciones largas  en las que visitando un lugar, que hasta entonces era desconocido, se empiezan a expandir mis fronteras personales y da inicio a mi conquista particular de nuevos territorios, que han ido y seguirán marcando mi vida.

Mi primer gran viaje.

Tan sólo cuatro días fueron suficientes , en la que hasta ahora es (para mi) la isla con las mejores playas y calas del Mediterráneo. Cuatro días que disfruté  como si hubiesen sido ocho y los que exprimí al máximo, como si de antemano supiera que pronto se agotarían.

Logre visitar, en tan poco tiempo, los lugares más conocidos y recomendados por otros visitantes. Si no recuerdo mal, fui a todos los faros, miradores, calas y playas. En Cala Galdana, un paraíso solitario  por aquel mes de junio, me di un espectacular baño como Dios me trajo al mundo. Fuimos a hacer “SENDERISMO” por una ruta muy turística y terminé sin ropa en el agua.

No conservó mucho material audiovisual de aquel viaje.  En aquel momento no era tan aficionado a las cámaras, cosa que en parte lamento pero que por otro lado agradezco porque me permitió disfrutar muchos más de la experiencia.

Aunque fue una experiencia de lo más gratificante, me quedé con ganas de más y tras el viaje pasé por una pequeña depresión postvacacional que terminó con algunas escapadita y la planificación de otro gran viaje.

 La mejor cura para la depresión postvacacional

Como parche provisional, como el que intenta escapar de alguna adicción, realice algunos viajes cortos pero intensos en los que pude disfrutar por vez primera de Cadiz y sus encantadores pueblos (Azahara de los Atunes donde me dí un largo baño durante los todavía fríos días de marzo, Conil de la frontera y Tarifa), enamorarme de Sevilla, su cálido clima, atractivo cultural y su belleza particular. 


Los verdes paisajes de Cantabria y encantadores pueblos en los que se puede saborear una sabrosa gastronomía. Vieja conocida que siempre me hace volver para disfrutar de agradables paseos por San Vicente de la Barquera, el mercadillo medieval de  Santillana de la Mar, las quesadas, los sobaos, Comillas, entre otros… Una extraña pero agradable relación con estas tierras, además de mi especial admiración por Miguel Ángel Revilla.

La tierra del “Gladiador”

Visitar la tierra del gran Rafa Nadal fue un viaje ansiado que no tuvo desperdicio. El único error en todo el viaje fué alojarnos en Los Apartamentos Promenade en Peguera. Nada recomendables si llevas equipaje para una semana. No hay ascensores ni servicio de equipaje.

Por todo lo demás perfecto. Coche de alquiler barato (en ese momento) y con recogida y entrega en el propio aeropuerto con el que pude recorrer todos los rincones de la isla.  Palma y su catedral, playa de Alcudia, Pollenca, Mirador de Formentor, Cala Mondrago, el bonito pueblo de Soller, Cales Des Moro y un montón de lugares en los que salió mi vena más artística y en los que puse en practica mis escasos conocimientos de fotografía.  

Viaje con amigos

Entrado ya el otoño, organizamos un viaje para visitar el sur de Francia y compartir durante unos días de una agradable estancia junto a algunos de mis amigos. Entre risas y canciones llegamos a San Sebastián en donde hicimos una breve, pero agradable parada que haría que en el futuro me interesara más por la ciudad.

 

Las lluvias no fueron impedimento para que hiciéramos algunas fotos y disfrutaramos de un sabroso desayuno. No soy amante de las los caldos o las sopas, sin embargo, después de dejarme convencer por el camarero, en un bar tradicional de San Sebastián probé el mejor caldo que he probado nunca. Sabía a ternera y lo acompañamos con pan.   

 

 

Tras nuestro pequeño paso por San Sebastián cruzamos la frontera para llegar a la Casa de mi amigo Clement  en Biarritz donde nos encontraríamos todos para iniciar nuestro plan de fin de semana.

 

Desde allí visitamos otros pueblos cercanos (Biarritz ciudad, Bayona,) en busca de nuevas instantáneas que se vieron acompañadas por un tiempo inestable, pocas personas merodeando y mucho frío. Aún así, fue suficiente la compañia para disfrutar de un viaje lleno de risas, alegría y buena comida (gracias a nuestro gran anfitrión Clement y nuestra querida Lorena) que hicieron que junto al resto, fuera un viaje inolvidable.  

 

A base de patatas fritas.

En mi vida no he comido tantas patas fritas como las que pude comer en mi paso por Bélgica. Eran deliciosas en sus múltiples variedades y sobre todo ¡baratas! Las encuentras en todos lados y fue muy difícil resistirse a la tentación. La verdad, no recuerdo haber comido otra cosa.

Seguro tendrán una oferta gastronómica más amplia, pero para mi pasó desapercibida. Lo que no pasé por alto fueron las ciudades más llamativas. Además de la sede la U.E, en la que nada más llegar – Mi primer dia en Bruselas (Albert Hotel) – tuve una muy mala  experiencia que terminó con una gran “recompensa”… también conocí Brujas y Gante.

Aproveché lo cerca que estaba Amsterdam de Bruselas para hacerle una visita. Al ser una ciudad pequeña, en poco tiempo se pueden recorrer sus calles y ver los puntos más importantes. En cualquier caso, es una de las ciudades en mi lista de pendiente volver. Quedé fascinado y me gustaría pasar unos días disfrutando de la vida cotidiana.

El reencuentro

En mi primera visita ya me había quedado con ganas y a la primera que se dio la oportunidad allí estaba, en San Sebastián. Un reencuentro con cultura, con la gente y con una gastronomía que tiene mucho que ofrecer. Fue un viaje hacia la paz y un reencuentro conmigo mismo. La hospitalidad, la tranquilidad y lo hermoso de aquel paraje en el que me encontraba, propiciaron que pudiera estar durante un instante de tiempo A solas con mis pensamientos.

¡Quiero ser un Blogger! 

Gran Canarias se me antojaba como el viaje con el que  iniciaría mi senda bloguera. Ya tenía mis primeros equipos, mi primer Blog, cámara, dron y todo a favor para el gran comienzo. Aunque en aquel momento empecé más en serio, nada salió según lo esperado.

Lo bueno es que me sirvió de aprendizaje y a la vez pude, como en casi todos los viajes, ver lo más bonito de la isla. Mientras hacía mis primeros pinitos de bloguero, visité (Roque Nublo, Degollada de la Yegua, Anfi, Puerto de Mogán, Palma, Maspalomas, Arucas,  entre otros), conocí gente súper agradable. Me sentí como en casa. Los canarios, al menos los de Las Palmas, tiene esa parsimonia y tranquilidad muy característica de los caribeños. ¡Con prisas no nos mata nadie!

El niño que llevo dentro

Como regalo de cumpleaños a mi retoño, fuimos a Disney Land París. A este viaje también se sumaron de forma improvisada mis hermanos y juntos disfrutamos,  aunque con retraso, de toda la magia del mundo de los personajes de nuestra infancia.

Disfruté como nunca lo hice de pequeño y comprendí que siempre tendré el síndrome de Peter Pan. Quizás porque hasta la madurez no he vivido las cosas que se supone se deben experimentar de niño. El hecho de a haber tenido un hijo a muy temprana edad, y pienso que al tener hijos en general, ha permitido tener una segunda niñez que por suerte ha superado con diferencia a la primera.

Además del parque temático, el cual recomiendo llevar a los niños cuando estén entre 6 y los 10 años (lo disfrutarán más), pudimos aprovechar para visitar la Torre Eiffel que estaba cerrada por las obras, y en bici, recorrer la ciudad por los carriles que acompañan al río Sena, visitar el Louvre, el famosísimo cabaret Moulin Rouge y la recién incendiada catedral de Notre Dame. En definitiva, un gran viaje en el que volví a conectar con mi familia.

No esperaba nada y lo encontré todo.

Sin duda,  el mejor viaje de toda mi vida de principio a fin. Fue tan increíble que no se ni por donde empezar, pero vamos desde el principio.

Todo estuvo a favor de que cada ciudad que visitara fuera especial. Milán, a pesar de ser la mayor área metropolitana de Italia, medio una sensación de ciudad pequeña, pero enseguida noté su gran desarrollo económico . por supuesto, la catedral me dejó con la boca abierta. Lo que también me pasaría con el resto de ciudades visitadas.

La siguiente parada sería el Lago Di Como donde empecé a darme cuenta de lo afortunado que había sido por tener la oportunidad de haber estado allí y ver con mis propios ojos los paisajes que quizás otros no podrán ver nunca.



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No terminaría ahí la cosa. Continuamos hacia Verona, la ciudad de Romeo y Julieta, otra ciudad preciosa con unos miradores que permiten tener una visión espectacular de toda la urbe. Desde aquí partimos en tren hacia Venecia.

Venecia era la ciudad que más me llamaba de Italia, ¿Por qué?  No lo sé… puede que mi mejor maestra de infancia, la más bonita de todo el centro, llevara su nombre y fuera la primera en decirme que existía una ciudad flotante con su nombre, puede ser. Lo cierto es que junto a Cinque Terre ( cinco pueblos de los que sólo visité tres: Riomaggiore, Manarola y Vernazza) Venecia es la ciudad milenaria más bonita. Tanto que no la quería abandonar y, si tengo la oportunidad, viviría durante una temporada.

No creo que haya alguna ciudad, al menos en el norte de Italia, que no merezca una visita. En la zona de la Toscana, Siena, San Gimigniano, Montepulciano, Pienza y muchas otras por las que pasé unos días inolvidables, pero sin duda, la mejor ciudad y más atractiva es Florencia. Una ciudad que da vértigo. Mires donde mires, todo es arte.

Sin saber mucho de arte ni ser muy devoto pude hacer un viaje por la antigua Roma, imaginar aquel anfiteatro lleno de romanos contemplando algún espectáculo de gladiadores. Ver la magnitud de la obra más importante de Miguel Ángel a la que dedicó su vida. Contemplar lo que en la escuela me contaron por medios de los libros. Nada comparado con poderlo ver de cerca.

Durante el viaje nos acompañó el buen clima, incluso, en Ciudad del Vaticano pasamos un calor que llegó a rozar el bochorno pero que no impidió que miles de turistas, como nosotros, pudieran realizar la visita, las plazas abarrotadas. Fue toda una gran aventura conseguir fotos en la Fontana de Trevi, la Torre de Pissa o en cualquier otro lugar o monumento llamativo. ¡Pero las conseguimos!

La comida, pizzas, calzone, mozzarella y pasta, como nunca antes la había comido. Probé tantas variedades de helados como sabores pueden existir.

Lo más curioso es que algunos sabores lo encontrabas en alguna heladería específica, pero si lo intentabas encontrar en otra era imposible. Al igual de buenos, caros.   

Queda por explorar el sur. No sé cuándo será, pero estoy seguro que llegará el día. Lo que sí sé seguro, empezará desde Roma.

¿Y por qué no?

Cuando hablé de viajar a Colombia, lo primero que me preguntaron fué: “¿Y por qué Colombia?” y mi respuesta sigue siendo, aún más convencido que entonces, ¿Y por qué no? La gente, normalmente la que no conoce, es la que más te va aconsejar… y probablemente no sean los consejos más acertados… “no te lleves el móvil”, “es muy peligroso”, “cuidado con los taxistas”, “cuidado con al comida de la calle”, y así me podría tirar un buen rato…

Llegue más asustado que un pavo en navidad… pero, a las pocas horas y a medida que avanzaba el tiempo, me dí cuenta que no había nada que temer. De todo eso de Pablo Escobar y el narcotráfico no queda nada, al menos no a simple vista. Lo que encontré fué todo lo contrario. Ciudades con mucho encanto, acogedoras, serviciales, gente muy hospitalaria y muy buen trato.



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En Armenia duré unos días y no tuve dificultad alguna. Es cierto que hay algunos lugares a los que no se puede ir sólo, pero eso pasa también hasta en las mejores ciudades de Europa. Restaurantes, centros comerciales, supermercados y todos los servicios de una ciudad del primer mundo. Eso sí, allí y en todo colombia los paseos de cebras son adornos de la calzada.

Cali, la ciudad más rumbera del país, me hizo sentir como en casa. Ya de por sí la cultura colombiana tiene mucho símil con la Dominicana, pero Cali se lleva el primer premio. Hasta el mercadillo de las falsificaciones y el regateo, era idéntico al de mi ciudad natal. Comí hamburguesa callejera (lo que en mi país le llaman Chimi). Hecha con carne fresca y a la parrilla, un verdadero espectáculo para las papilas gustativas.

Poco tiene que envidiar Medellín a las ciudades más desarrolladas del mundo. Según me contaron, todo puede tratarse nada más y nada menos que a la herencia de los Carteles del narcotráfico. Cierto o no, de todas las ciudades visitadas y en cuanto a desarrollo, es una ciudad que no parece estar en Colombia.

Bogotá, muy ruidosa y tumultuosa para mi gusto. Se nota que es una ciudad que no es de nadie y a la vez es de todos. Durante mi estancia se produjo un atentado. Al parecer siguen latentes algunos conflictos entre grupos armados.

No fue un mejor viaje porque ya estaba condenado por los prejuicios que hicieron que me excediera en las precauciones. De no haber sido así habría conocido muchos más lugares interesantes. No me habría limitado a sólo conocer los más turísticos (Valle del Cocora, Parque del Café, Salento, Guatape, El Peñol, Santa Rosa del Cabal, etc…). Aun así, volví más que agradecido y con la promesa de que volveré a terminar lo que empecé.



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Open Your Maind

A medida que voy viajando me doy cuenta que no se donde voy, pero voy en camino. Durante el camino conozco y aprendo de las distintas formas de entender la vida o de la interpretación que damos según el punto del planeta en el que nos situamos.

Visitar lugares que están en mejores condiciones puede enseñar cómo mejorar el propio. Y si la fortuna te lleva hacia los peores, quizás aprendas a disfrutar y valorar lo que tienes. Lo que está claro es que cada destino tiene su encanto y aunque guarde parecidos con otros siempre hay algo que lo hace único.

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